Grandezas y miserias de la palabra.

por Edmundo Moure (*) /Politika (en el cumpleaños 135 de James Joyce).

La palabra es el peligro de los peligros para el hombre. /Bertolt Brecht.

El editor me cita en un conocido café del barrio Providencia. No nos conocemos, es decir en persona, porque ya nos han unido las palabras a través del curioso éter de Internet. Advertí al editor, por medio del WhatsApp, que soy un tipo apuesto, fácilmente reconocible en cualquier sitio, que iría con mi sombrero veraniego de latifundista argentino… El editor estaba sentado a la mesa del café, hojeando un libro; se volvió, levantándose presto y nos dimos un abrazo de viejos amigos.

El editor pidió un jugo de fruta y yo un café mañanero.

-Nos hemos dado cita en un café y tú pides zumo…

-Mira, si algo hay abominable en Chile, casi sin excepción, es el café. Así es que opto por otra cosa y luego bebo el mejor café en mi casa, bien provisto de una cafetera italiana de última generación.

-Eres un preciosista.

– Puede ser… con el café y con los libros.

-Con el lenguaje.

-Ni tanto, escribo un poco a la carrera, pero no tan mal como se suele escribir hoy en los llamados “medios de comunicación”. Cuando se pierde el respeto por la dignidad del lenguaje, quiere decir que estamos en grave crisis…

-Como sentenciara Confucio, hace dos mil quinientos años.

-Sí, cuando el emperador le llama para pedirle que haga un diagnóstico acerca de la crisis que padecía su Imperio y que le sugiera una posible solución, en el plazo de tres meses…

-Y Confucio le responde que no necesita ese lapso, que puede contestarle enseguida.

-Así lo hace: “Emperador, la causa de la grave crisis es el deterioro del lenguaje: las palabras han perdido su significado, incluso llegando a expresar lo contrario a sus etimologías y conceptos”.

-El monarca queda entonces atónito y le pregunta: “¿Y cuál es la solución?”

-“Devolver a las palabras su dignidad esencial”.

Una pausa. El café, a mi parecer, está bueno, pero no se lo digo al editor, pues podría enfrascarme con él en un diálogo donde perdería yo el debate. Prefiero seguir con el tema de las palabras.

-Escribiste Lingua Comoediae Chilensis, breve tratado en el que das cuenta de las aberraciones lingüísticas más comunes de los chilenos, desde los políticos y prohombres, pasando por los periodistas, hasta llegar al vulgo-vulgo. Ya me habías compartido tu preocupación, no solo por el mal uso del lenguaje, sino por su evidente y acelerada distorsión. Del eufemismo y el diminutivo –tan propios de esta tierra primitiva y soberbia que otrora prohijara a Gabriela Mistral y a Pablo Neruda, a Vicente Huidobro y a Pablo De Rokha– desembocamos en la dislocación de conceptos y significados, para sumirnos en la temible nebulosa del sinsentido.

–Bueno, no es un tratado, es un ensayo escrito a la velocidad y apremio de la circunstancia… Pero se trata de un intento, con algo de humor y mucho de patetismo, por dar cuenta de un fenómeno que a todos nos atañe, no obstante que pase inadvertido en esta sociedad del entretenimiento fácil y banal, donde se habla mucho, a punta de muletillas y barbarismos, se dice poco y se piensa menos.

Examinamos los libros que hemos intercambiado, el editor y yo, mediante el incomparable agasajo de las palabras que se aprecian en la reciprocidad de esta pasión por la lengua.

-La patria es el idioma; somos lenguaje, estamos hechos de palabras… Más allá del miedo a la caducidad por el tiempo que se diluye está la angustia por el deterioro, por la decrepitud y desfallecimiento de las palabras.

-Pero el lenguaje es dinámico, cambiante día a día. El rigor de las academias es solo una pauta, apenas guía de normas que incluso deben modificarse, cada cierto tiempo, para que no queden también desfasadas.

-En efecto, pero lo grave no está en ese dinamismo, sino en la precariedad, en la extrema pobreza a que se va relegando al idioma, inopia que coincide –cómo si no– con la miseria del pensamiento, más bien con la ausencia de ideas y proposiciones válidas.

-El lenguaje sufre cambios, más rápidos aún merced a la tecnología de la mal llamada “comunicación”, sin embargo, lees El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha y sus palabras y sentido no pierden actualidad, son intemporales. Puedes degustar con fruición aquellas palabras, como lo harías con El Libro de Buen Amor o con Tragicomedia de Calixto y Melibea (La Celestina) y regalarte el placer inigualable que te obsequia el idioma cada vez que lo abordas como el amante perfecto, es decir, el buen lector.

-Bien lo afirmó Borges: “Es más difícil encontrar un buen lector que un buen escritor”. Bueno… él estaba en la cúspide de ambos oficios: el de leer y el de escribir.

-Tú y yo somos hijos de una generación que privilegiaba los libros. En nuestros hogares, al cruzar el umbral, nos topábamos con una bien nutrida biblioteca; por la noche, veíamos a nuestros padres con un libro abierto entre las manos; en las sobremesas del fin de semana alguien leía para todos un trozo de lectura escogida y hablábamos y discutíamos sobre ello, con tanta o más pasión que si de un diálogo futbolero se tratase…
-Otros tiempos, sin duda, pero no nos lamentemos, porque también ahora existen poetas jóvenes capaces de amar el lenguaje y holgarse con las primicias de la palabra.

-Por supuesto. Será que nos estamos haciendo viejos.

-No importa. Aprehendamos la palabra esperanza y apostemos por la resurrección renovada del idioma.

-Aunque no podamos brindar, porque en este café no expenden vinos ni licores.

-Por eso prefiero los recintos coloquiales de España, esos bares y cafés donde se enciende la tertulia y se avivan las ideas.

-Veo que, como escritor, te aferras a cenáculos y usos de otrora, porque también en Europa eso va en franco deterioro. El fenómeno del menoscabo del lenguaje es universal. No podría ser de otro modo en una sociedad de mentecatos entregada al consumismo y movida por la hidra de la codicia.

-Desembocamos en la política, en Politika, quizá…

-Ya lo dijo Vicente Huidobro: “Cantar a la rosa es asimismo un acto político”. Y el lenguaje es un sujeto escurridizo que se mueve entre incitaciones líricas y afanes ideológicos… Es “un arma cargada de futuro”, como escribió un poeta hispano, aunque pequemos de optimistas.

El escriba recuerda que debe retornar al oficio numérico y pedestre. Coge con goloso ademán los libros que el editor le ha obsequiado.

-Si las palabras son un peligro, como dijo Brecht, los números pueden ser torturadores… Hasta la próxima, amigo. Aburiño, como dicen en Galicia.
-Au revoir, como se despiden en Bretaña.


(*) Escritor chileno, nacido en Santiago de Chile el año 1941. Hijo de padre gallego emigrante, oriundo de Santa María de Vilaquinte, Carballedo (Lugo). Su madre era chilena, descendiente remota de extremeños. Desde muy temprano aprendió la lengua gallega, por boca de su padre, de sus abuelos y de sus tías gallegas. La casa petrucial estaba llena de libros y sus padres les leían historias en ambas lenguas, la castellana y la gallega. Se enamoró para siempre de las palabras. Su oficio es el de escritor; su profesión de subsistencia es la de contador (como Fernando Pessoa). Vive escindido entre dos nostalgias: la Galicia Atlántica y esta Galicia d’Alén Mar que han construido sus sueños y sus anhelos. Asimismo entre dos lenguas que no dejan de asombrarlo con sus fulgores. /Fuente: http://bibliotecavirtual.galiciadigital.com/gl/content/edmundo-moure

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