En un nuevo 1ro. de mayo: Notas para la batalla de las ideas. Dossier.

"Almuerzo en lo alto de rascacielos", la famosa foto del fotógrafo Charles C. Ebbets durante la construcción del edificio GE en el Rockefeller Center en 1932.

(*) Robert Castel: (Saint-Pierre-Quilbignon, 1 de agosto de 1933 – 13 de marzo de 2013)​ fue un sociólogo francés. Finalizó sus estudios de filosofía en 1959. Fue profesor de filosofía en la Facultad de Letras de la Universidad de Lille hasta 1967, año en que se trasladó a la Sorbona, En esos años conoce a Pierre Bourdieu y comienza a trabajar con él, abandonando definitivamente la filosofía. En los años 80 y 90 se interesó por las transformaciones del trabajo, el empleo, la intervención social y las políticas sociales. Director de estudios de la École des hautes études en sciences sociales desde 1990, sus obras analizan la constitución histórica de la sociedad salarial y su posterior disgregación desde principios de los años 70 (Las metamorfosis de la cuestión social, 1995), así como las consecuencias de esta última para los individuos y las relaciones sociales: la exclusión social (lo que él llama la «desafiliación»), la vulnerabilidad y la fragilización crecientes. Hasta 1999 dirigió el Centro de Estudios de los Movimientos Sociales (EHESS-CNRS). [Fuente (extractos): https://es.wikipedia.org/wiki/Manuel_Castells, Nota del editor CT].

 

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¿Y porqué no las mujeres? Un arreglo de la famosa foto «Almuerzo en lo alto de rascacielos» del fotógrafo Charles C. Ebbets durante la construcción del edificio GE en el Rockefeller Center en 1932.

De la misma manera que no debemos poner los libros en el foco con motivo del día de Sant Jordi, tampoco convendría relegar la situación laboral, los derechos de las personas trabajadoras y sus aspiraciones al Primero de Mayo. Por eso hemos considerado oportuno recoger tres publicaciones recientes que nos pueden ayudar a conocer todo aquello de lo que hablamos insuficientemente, la condición obrera de tantas y tantas personas que, a lo largo de la historia, los primeros de mayo y siempre que han podido se han movilizado para conseguir vivir en unas condiciones que no fueran de explotación.

Simone Weil (1909-1943), filósofa, profesora de filosofía, trabajadora manual, participante en la guerra civil española en el bando republicano, en la Resistencia durante la II Guerra Mundial, trabajadora en Londres para la sociedad que había de venir después… es un personaje fascinante por diferentes motivos. Una parte de su obra, no publicada en vida, la podríamos presentar con el título de un volumen de reciente aparición, La condición obrera (Trotta). Su experiencia como obrera en diferentes fábricas fue una decisión voluntaria (su trabajo era de profesora de filosofía de instituto) para tener un conocimiento que no consideraba posible de otro modo. Su interés, sus preocupaciones y todo lo vivido intensamente con rabia, dolor, incomprensión… la llevaron a analizar, reflexionar y proponer sobre las condiciones de trabajo y explotación de las personas.

Este ámbito de preocupación de Weil ya podíamos encontrarlo en una de sus obras clave: Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social. Ahora este volumen nos ofrece un conjunto de materiales de enorme interés para continuar pensando: su diario de fábrica, cartas, conferencias, artículos… Weil es una pensadora y activista radical porque va a la raíz de lo que quiere conocer y probar de contribuir a resolver. En este volumen se reproduce parte de la transcripción de una conferencia del 23 de febrero de 1937 (La racionalización), que apunta cuestiones que hoy nos siguen preocupando. Sobre la opresión expone y lo desarrolla: «El obrero no sufre solo por la insuficiencia de la paga. Sufre porque está relegado por la sociedad actual a un rango inferior, porqué está reducido a una especie de servidumbre». Y sin voluntad señalará un asunto de gran importancia a la hora de buscar soluciones: «Si mañana se echanan a los patronos, si se colectivizaran las fábricas, eso no cambiaria en nada el problema fundamental que consiste en que lo que es necesario para sacar el mayor número posible de productos no es necesariamente lo que satisfaga a los hombres que trabajan en la fábrica». Para ella el problema más grande de la clase obrera es: «encontrar un método de organización del trabajo que sea aceptable para la producción, para el trabajo y para el consumo». Este método tendría mucho que ver con algunas de las propuestas que hoy podemos encontrar relacionadas con el bien común, el decrecimiento, el reparto del trabajo, la horizontalidad o la participación.

Mientras Weil experimentaba la dureza del trabajo en la fábrica en Francia, otra dureza era vivida por los agricultores pobres de Alabama, después de la Gran Depresión y cuando ya se había aplicado el New Deal. James Agee (1909-1955), periodista, escritor, poeta, guionista, entre otras ocupaciones, en 1932 viajó a Alabama, en el Sur de Estados Unidos, donde conviviría con agricultores arrendatarios dedicados al cultivo de una tierra que tenían alquilada y ahogados por deudas con el terrateniente. Una mala climatología podía hacer terminar la temporada más pobres y endeudados que al principio. Agee escribe este reportaje para la revista Fortune, de la que era redactor y que le había hecho este encargo que no publicaría. Hay realidades que siempre cuesta mucho que se conozcan. Ese reportaje no se ha publicado hasta 70 años más tarde. Hay voces que demasiado a menudo son silenciadas. Tenemos tendencia a ocultar lo que no gusta, que nos resulta doloroso o que no nos hace quedar bien. Actualmente los contratos de arrendamiento agrícola no existen en Estados Unidos, pero la sumisión por el endeudamiento sigue existiendo. Ahora Capitan Swing publica Algodoneros.Tres familias de arrendatarios. El texto se acompaña de las conocidas fotografías de Walker Evans (1903-1975), un imprescindible de la fotografía documental de los Estados Unidos.

En 1941 pudo publicar una gran obra, Elogiemos ahora a hombres famosos, editada en 2008 por Planeta en casa, pero los especialistas señalan alguna diferencia importante . En Algodoneros intenta presentar un sumario para la actuación contra lo que considera injusticias económicas y sociales: «Una civilización que por cualquier razón relega una vida humana a una situación de desventaja; o una civilización cuya existencia radica en relegar la vida humana a una situación de desventaja, no merece llamarse así ni seguir existiendo. Y un ser humano cuya vida se nutre de una posición aventajada adquirida de la desventaja de otros seres humanos, y que prefiere que esto permanezca de este modo, es un ser humano solo por definiciones, y tiene mucho más en común con el chinche, la tenia, el cáncer y los carroñeros del hondo marz». Conocer, difundir, actuar. Pero alrededor de la opresión y la condición obrera hay mucho silencio.

Michael Moore (1954) en el prólogo del libro Historias desde la cadena de montaje (Capitan Swing) de Ben Hamper (1956) afirma que tanto él como el autor son hijos de trabajadores de fabrica y por tanto, sus voces nunca debían ser oídas. Afortunadamente no ha sido así. Es necesario conocer las condiciones precarias y deplorables en las que trabajamos, en las que trabajan muchas personas, y en las que se producen los bienes que utilizamos. Moore se pregunta si podemos aceptar un sistema que niega la individualidad y la valía de las personas. Ben hampa pudo dejar de trabajar en la fábrica de General Motors gracias al trabajo de periodista en el diario local dirigido por Michael Moore y a las oportunidades que a partir de allí fueron surgiendo. Hamper relata en primera persona su experiencia en la fábrica durante los años setenta y todo lo que lo rodea, la vida. Hamper es un obrero en el Flint de los años setenta, ciudad del «Rust bello», el cinturón industrial de Estados Unidos, que verá cómo el inicio de las deslocalizaciones industriales en los ochenta la convertirán en cinturón oxidado. Roger and me (1989), de Michael Moore muestra esta evolución hacia el empobrecimiento de una ciudad con un pasado industrial deslumbrante.

Hoy, seguramente no es fácil responder a la pregunta ¿cuál es la condición obrera? Weil, de manera muy rápida y clara, definía los obreros en 1937 como toda persona que trabaja sometida a órdenes y a un salario. Seguramente es un poco más complicado, pero puede ser una buena manera de empezar si también incorporamos el factor paro en el momento actual. Otra cosa es cuántas personas se sienten obreras. Pier Paolo Pasolini (1922-1975), en los años setenta, vio muy bien lo que él llamó la mutación antropológica que nos convirtió, entre otras cosas en consumidores, y nos distanció de otras concepciones de la sociedad. Un consumidor parece que inevitablemente debe estar más cerca de la clase media, los sectores acomodados. ¿Es así? Weil, Agee, Evans, Pasolini, Moore, Hamper, y tanta otra gente, nos pueden ayudar a pensar en nuestras sociedades, en nuestra condición, en todo lo compartido por amplios sectores sociales a lo largo de la historia. Pensar en cómo nuestra sociedad, nuestra civilización, sigue fundamentada en la explotación de muchas personas por pocas y que hay que seguir avanzando buscando soluciones si creemos en otra concepción de lo que significa ser un ser humano.

Fuente: https://www.eldiario.es/catalunya/opinions/condicion-obrera-aprender-opresion-ayer_6_255534456.html

(*) Jordi Mir Garcia (Barcelona, 1976) es profesor en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra y en la de Ciencias Políticas y de Sociología de la Universidad Autónoma de Barcelona. Su investigación se centra en la historia de las ideas, la filosofía moral y política, y la actuación de los movimientos sociales. Es miembro del Centro de Estudios sobre Movimientos Sociales (UPF). Paula Veciana: Profesora del Departamento de Economía Aplicada de la Universidad Autónoma de Barcelona y miembro del Observatorio del Sistema Universitario (OSU).


Y clásico de nuestro Luis Emilio Recabarren:

Ricos y pobres (extractos)

Texto de una conferencia dictada en Rengo – Chile en la noche del 3 de septiembre de 1910, en ocasión del centenario de la independencia de Chile.

I

LA SITUACION MORAL Y SOCIAL DEL PROLETARIADO Y LA BURGUESIA

No es posible mirar a la nacionalidad chilena desde un solo punto de vista, porque toda observación resultaría incompleta. Es culpa común que existan dos clases sociales opuestas, y como si esto fuera poco, todavía tenemos una clase intermedia que complica más este mecanismo social de los pueblos.,

Resultado de imagen para Ricos y pobres. La situación moral y social del proletariado y la burguesíaReconocidas estas divisiones de la sociedad nos corresponde estudiar su desarrollo por separado, para deducir si ha habido progreso y qué valor puede tener este progreso.

La clase capitalista, o burguesa, como le llamamos, ha hecho evidentes progresos a partir de los últimos cincuenta años, pero muy notablemente después de la guerra de conquista de 1879 en que la clase gobernante de Chile se anexó a la región salitrera.

El progreso económico que ha conquistado la clase capitalista ha sido el medio más eficaz para su progreso social, no así para su perfección moral, pues aunque peque de pesimista, creo sinceramente que nuestra burguesía, se ha alejado de la perfección moral verdadera.

Sin tomar en cuenta los individuos, creo que la colectividad burguesa vive habituada ya en un ambiente vicioso e inmoral, que quizás en muchos casos no se note o se disculpe por no tener la noción suficiente para saber estimar íntegramente la verdadera moral. El espíritu de beatitud en cierta parte de esta sociedad no la ha detenido ni alejado de esta situación.

Cien años ha, cuando la población de este país vivía en el ambiente propio de una colonia europea, que le había inoculado sus usos y costumbres; parece que no se destacaba la nota inmoral y voluptuosa de la época presente. Se vivía en este país bajo el régimen de la sociedad feudal, algo atenuado si se quiere, pero con todas las formas de la esclavitud y con todos los prejuicios propios del feudalismo. El sometimiento demasiado servil de la clase esclava entregada en su mayor número a la vida pastoril y a la agricultura era tina circunstancia que no provocaba ninguna acción de la clase señorial, en que pudiera notarse como hoy, sus crueldades.

La ultima clase, como puede considerarse en la escala social, a los gañanes, jornaleros, peones de los campos, carretoneros, etc., vive hoy como vivió en 1810. Si fuera posible reproducir ahora la vida y costumbres de esta clase de aquella época y compararla con la de hoy día, podríamos ver fácilmente que no existe ni un solo progreso social. En cuanto a su situación moral podríamos afirmar que en los campos permanece estacionaria y que en las ciudades se ha desmoralizado más. Esta clase más pobre de la sociedad, más pobre en todo sentido material y moral- ha vivido tanto antes como ahora en un ambiente completamente católico y cristiano. Si afirmáramos que hoy vive más dominada por la Iglesia que antes, no haríamos una exageración. Sin embargo, antes se notaban en esta clase mejores costumbres que ahora. Con sobrada razón podríamos preguntarnos: ¿Por qué no ha progresado esta clase social que ha vivido siempre al amparo moral del catolicismo?

Es esta nueva pregunta para la cual cada persona debe buscar la respuesta con sus propios esfuerzos, porque es menester, para el desarrollo de las inteligencias, que se realice este ejercicio mental, a fin de que cada cual resuelva este problema social y procure cooperar a mejorar las cosas.

La última clase de la sociedad que constituye probablemente más de un tercio de la población del país, es decir, más de un millón de personas no ha adquirido ningún progreso evidente, en mi concepto digno de llamarse progreso. Se me dirá que el número de analfabetos es, en proporción, mucho menor que el de antes, pero con esta afirmación no se prueba nada que ponga en evidencia un progreso. Para esta última clase de la sociedad el saber leer y escribir, no es sino un medio de comunicación, que no le ha producido ningún bienestar social. El escasísimo ejercicio que de estos conocimientos hace esta parte del pueblo, le coloca en tal condición que casi es igual sí nada supiese, En las ciudades y en los campos, el saber escribir, o simplemente firmar, ha sido para los hombres un nuevo medio de corrupción, pues, la clase gobernante les ha degradado cívicamente enseñándoles a vender su conciencia, su voluntad, su soberanía.

El pueblo en su ingenua ignorancia aprecia en mucho saber escribir para vender su conciencia. ¿ Es esto un progreso? Haber aprendido a leer y a escribir pésimamente, como pasa con la generalidad del pueblo que vive en el extremo, opuesto de la comodidad, no significa en verdad el más leve átomo de progreso.

Muchos periodistas han afirmado en más de una ocasión que las conscripciones militares han aportado al pueblo un contingente visible de progreso porque han contribuido a desarrollar hábitos útiles desconocidos entre la llamada gente del pueblo. Se ha dicho que esta parte de las poblaciones ha aprendido hábitos de higiene, se ha educado, aprendido nociones elementales, etcétera. Estas afirmaciones son más ficticias que reales.

La pobreza, y la pobreza en grado excesivo sobre todo, impide todo progreso. Hay gentes que no tienen un tiesto para lavarse. La vida del cuartel, generalmente, ha producido hábitos innobles y ha fomentado o despertado malas costumbres en personas buenas y sencillas. Yo creo que produce más desastres que beneficios.

El movimiento judicial y penitenciario del país nos prueba de una manera evidente el desastre moral de nuestra sociedad, durante los cien años que han transcurrido para la vida de la República. La magistratura del país ha perdido todo el prestigio que debió conservar o de que debió rodearse. Yo no podría afirmar si los procedimientos judiciales estuvieran alguna vez dentro de la órbita de la moral. Pero lo que puedo decir es que debido al desarrollo intelectual natural del pueblo, éste ha llegado a convencerse de que la Justicia no existe o de que es parte integrante del sistema mercantil y opresor de la burguesía.

Yo he llegado a convencerme de que la organización judicial sólo existe para conservar y cuidar los privilegios de los capitalistas. ¡Ojalá, para felicidad social, estuviera equivocado! La organización judicial es el dique más seguro que la burguesía opone a los que aspiran a las transformaciones del actual orden social.

La literatura nacional tiene muchas expresiones, que son la más dura acusación a la inmoralidad social y a su administración de justicia, literatura que está basada en la verdad histórica. No puedo resistir el deseo de copiar aquí una página de un autor chileno que dice así:

La noche aquella, la oscura noche en la cual iba dejando mis harapos enredados en las piedras cortantes del camino, recliné mi cabeza cansada sobre el tronco de un árbol secular.

Me hizo dormir el peso de la Fatalidad que gravitaba sobre mi frente. Había clamado tantas veces por la equidad humana, que esta idea se había aferrado a mi cerebro como esas raíces añosas adheridas a la tierra difícil de arrancar. Y soñé…

Me hallé súbitamente en un erial cubierto de secas malezas, sin árboles, sin flores. Un letal vapor de sepulcro invadía las cosas existentes, y el campo fúnebre no tenía término, ni vereda alguna, ni salvación posible.

En un tajo abierto como una grieta profunda, mansión de cíclopes antiguos que habían partido los porfiados con sus formidables miembros, vivía un ser monstruoso, sin forma humana, sin perfiles de consciente. La mitad derecha del rostro reía como Quasimodo, sordo, incapaz, idiota; la izquierda era un conglomerado de contracciones faciales, hijas del llanto, del pesar, del furor y el despecho, difícil de bosquejar por la pluma más sagaz y maestra. El contraste formado por estas dos actitudes revelaba la monstruosidad en su carácter más completo; era aquello una fiera digna émula del Apocalipsis, con que suelen soñar los remordimientos humanos. Creía hallarme solo en aquel páramo desolado. Pero no lejos de allí se destacó un ujier armado hasta los dientes, inabordable, asegurado por todas partes.

-¿Cómo has llegado hasta aquí, mendigo? ¿ No sabes que este erial y esta grieta honda e inaccesible está destinada para un monstruo que debe vivir alejado para siempre de las sociedades cuya constitución está amparada por la más estrecha justicia? Te prohibo que asomes la cabeza en ese abismo . . . Los ojos del monstruo te atraerían y sucumbirías bajo el peso de su atracción diabólica.

-Ya lo he visto -respondí.

– ¡Desgraciado! … ¿Y no sientes ya el hielo de la muerte en tus entrañas? ¿No has visto que sus pupilas relampagueaban como las de voraces reptiles ?

-¿Y cómo se llama esa bestia? -pregunté azorado.

-¡Prevaricato! -respondióme el bondadoso, ujier.

Y desperté … y resolví entonces morir de vergüenza, de hastío y de dolor. Ya no existía la justicia. . .

El régimen carcelario es de lo peor que puede haber en este país. Yo creo no exagerar si afirmo que cada prisión es la «escuela práctica y profesional» más perfecta para el aprendizaje y progreso del estudio del crimen y del vicio. Oh monstruosidad humana! Todos los crímenes y todos los vicios se perfeccionan en las prisiones, sin que haya quien pretenda evitar este desarrollo!

Yo he vivido cuatro meses en la cárcel de Santiago, cuatro en la de Los Andes, cerca de tres en la de Valparaíso y ocho en la de Tocopilla. Yo he ocupado mí tiempo de reclusión estudiando la vida. carcelaria y me he convencido que la vida de la cárcel es lo más horripilante que cabe conocer. Allí se rinde fervoroso y público culto a los vicios solitarios … La inversión sexual no es una novedad para los reos. Los delincuentes que principian la vida del delito, encontrarían en las cárceles los profesores y maestros para perfeccionar el arte de la delincuencia.

El personal de empleados de prisiones y sus anexos es bastante numeroso. Pero, a pesar de esto, yo no conozco un solo caso de alguno que haya estudiado o propuesto medios encaminados a buscar un perfeccionamiento en el sistema carcelario que contribuyera a proporcionar una verdadera regeneración entre tantos seres más desgraciados que delincuentes.

Y el personal de los juzgados, ¿habrá producido alguna idea en este sentido? Yo no conozco ninguna.

Yo creo que la prisión no es un sistema penal digno del hombre y propio para regenerarle. Hoy que se habla tanto de progresos y que se celebra como un gran acontecimiento el haber llegado a los cien años de vida libre, yo me pregunto, ¿ha progresado en la República el sistema penal? ¿Ha disminuido el número de delincuentes? ¿Cuántas cárceles se han cerrado a impulsos de la educación? ¿Ha mejorado o progresado siquiera la condición moral del personal carcelario o judicial que podría influir en la regeneración de los reos? Ninguna respuesta satisfactoria podría obtener.

Acerca de la crueldad moral que envuelve en sí la prisión escribe un autor chileno en un librito titulado Palabras de un Mendigo lo que sigue:

El mudo carcelero me introdujo dentro de una mazmorra helada, hizo rechinar la puerta del calabozo, y puso el férreo candado a la prisión a donde se me habla arrastrado.

Luego después no había más que intensa y espantosa sombra a mi rededor. Era aquello el abismo abierto a un hombre que buscaba la luz, pero a quien se le encerraba en un sepulcro insondable para evitar que los rayos vivificadores del astro rey llegaran hasta su pupila dilatada y profunda.

Yo no había pecado. A nadie había hecho mal. Mis vestidos se habían desgarrado en medio de los zarzales punzadores del camino, mi sangre había corrido a raudales. Llegué exánime a la prisión y caí desfallecido en brazos de los primeros sayones que me oprimieron.

¿ Por qué se me encerraba, oh Pueblo? Yo no había delinquido, ni robado, ni asesinado. Alguien murmuró a mis oídos cuando entré en el fúnebre recinto, al sitio de la perdición, al calabozo nauseabundo:

Otro bandido!

Yo en un rapto de sagrado entusiasmo había gritado: ¡MUERA LA Tiranía!

Y cuando el esbirro ensañado vació en mis oídos la bazofia brutal de su desvergüenza, sentí en mi ser algo así como la lava hirviente de un volcán que amenazaba estallar; y experimenté un agrupamiento de ideas enloquecidas, terribles, impetuosas …

Era la indignación que saben experimentar las almas buenas, que todavía no han entregado su conciencia al odioso mercader que suele comprarla a precios bajos.

¡Cuánta amargura, cuánta ironía hay en todo esto! -í Pero sobre todo cuánta verdad! Son palabras candentes que abrazan todo el rostro de los privilegiados!

¿Veremos mejorarse el sistema carcelario y judicial ,en el sentido de producir una disminución en la delincuencia, por la, acción moral más que por la acción penal? El porvenir lo dirá.

La sociedad debe preocuparse de corregir la delincuencia, creando un ambiente de elevada moral, cuyo ejemplo abrace, pues el sistema penal debemos considerarlo ya un fracaso. Estimo que el sistema penal generalmente atemoriza, pero no corrige; detendrá la acción criminal, pero no la intención. La sociedad debe, por el propio interés de su perfección, convencerse que el principal factor de la delincuencia existe en la miseria moral y en la miseria material. Hacer desaparecer estas dos miserias es la misión social de la Humanidad que piensa y que ama a sus semejantes.

Comprobar fehacientemente el progreso que ha hecho el vicio, es bastante para poner a la luz del día la verdad. La verdad de que en cien años de vida republicana se constata el progreso paralelo de dos circunstancias:

El progreso económico de la burguesía. El progreso de los crímenes y de los vicios en toda la sociedad.

La vida del conventillo y de los suburbios no es menos degradada que la vida del presidio.

El conventillo y los suburbios son la escuela primaria obligada del vicio y del crimen. Los niños se deleitan en su iniciación viciosa empujados por el delictuoso ejemplo de sus padres cargados de vicios y de defectos. El conventillo y los suburbios son la antesala del prostíbulo y de la taberna.

Y si a los cien años de vida republicana, democrática y progresista como se le quiere llamar, existen estos antros de degeneración, ¿cómo se pretende asociar al pueblo a los regocijos del primer centenario?

El conventillo y los suburbios, han crecido quizás en mayor proporción que el desarrollo de la población. Y aun cuando se alegara que el aumento de los conventillos ha ido en relación con el aumento de la población, no sería este un argumento justificativo ni de razón. El conventillo es una ignominia. Su mantenimiento o su conservación constituyen un delito.

Sintamos pesar por los niños que allí crecen, rodeados de malos ejemplos, empujados al camino de la desgracia. Allí están, en abigarrado conjunto, dentro del conventillo, la virtud y el vicio, con su corolario natural de la miseria que quebranta todas las virtudes.

Si hubiera, habido progreso moral en la vida social, debió detener el aumento de los conventillos, como debe detenerlo en lo sucesivo, pero esto ya no se operará por iniciativa especial de la burguesía sino por la acción proletaria que empuja la acción de la sociedad. Es necesario transformar el sistema de habitación para contribuir a perfeccionar los hábitos del pueblo.

Poco después de escrita esta conferencia, algunos diarios emprendieron una débil cruzada contra los conventillos. Para reforzar mis argumentos he colocado al final de la conferencia algunas publicaciones hechas al respecto por los diarios.

La clase media que se recluta entre los obreros más preparados y los empleados, ¿habrá hecho progresos? ¡Recorramos su condición y convenzámonos! Esta clase es hoy mucho más numerosa que lo que lo era antes en proporción a cada época. Ha aumentado su número a expensas de los dos extremos sociales. A ella llegan los ricos que se empobrecen y que no pueden recuperar su condición y los que logran superarse en la última clase.

Esta clase ha ganado un poco en su aspecto social y es la que vive más esclavizada al qué dirán, a la vanidad y con fervientes aspiraciones a las grandezas superfluas y al brillo falso. Debido a estas circunstancias que le han servido de alimento, esta clase ha hecho progresos en sus comodidades y vestuario, ha mejorado sus hábitos sociales, pero a costa de mil sacrificios, en algunos casos; de hechos delictuosos en otros y poco delicados en la mayor parte de los casos.

Es en esta clase, la clase media, donde se encuentra el mayor número de los descontentos del actual orden de cosas y de donde salen los que luchan por una sociedad mejor que la presente.

Nuestro pueblo, religioso y fanático, no tiene hábitos Virtuosos y morales. Posee una religión sin moral.

Hechos: el matrimonio del pobre es especialmente consagrado por la Iglesia. Después de la ceremonia se entrega, en la miserable vivienda, a la borrachera desenfrenada y libertina llena de inmoralidades. El bautizo religioso de los niños ha sido siempre un motivo de borrachera con todo su natural cortejo de degradación.

El crimen ha sido muchas veces el epílogo doloroso de estos hechos del pueblo. Los pobladores de las cárceles son todos religiosos. Es un hecho entonces lo que afirmo, que nuestro pueblo posee una religión sin moral, y yo deduzco de aquí que la religión protegida por el Estado y la Sociedad con el fin de moralizar, no ha tenido la fuerza suficiente o la capacidad necesaria para moralizar y lo único que ha conseguido es hacer creyentes o fanáticos de una doctrina teórica, sin práctica moral.

La acción de los comerciantes, en general, es la acción de la inmoralidad. El progreso rápido del comercio, que es lo que busca el comerciante, está basado en la acción de la inmoralidad; en el engaño, en el fraude, en la falsificación, en el robo, en la explotación más desenfrenada del pobrerío que es la clientela más numerosa del comerciante inescrupuloso de los barrios pobres.

¿Y esto… también llamaremos progreso? Esto que ha progresado tanto en el transcurso de los últimos cien años, ¿también es digno de asociarle al entusiasmo de las festividades centenarias?

La clase rica no sufre por esto. Ella compra en sus grandes almacenes los frutos escogidos de la producción mundial. Se fabrica y se produce especialmente para ella. El monopolio de la producción en sus propias manos y la posesión de la riqueza le garantiza este privilegio. La clase pobre no puede gozar de estos privilegios. Ella es la escogida como víctima única de la voracidad inmoral de la clase comercial.

Una parte del pueblo, formada por obreros, los más aptos, por empleados, pequeños industriales salidos de la clase obrera y algunos profesionales, pero todos considerados dentro de la clase media, ha podido realizar algún progreso. Han constituido organismos nuevos: sociedades de socorro de ahorro, de resistencia a la explotación, de educación, de recreo y un partido popular llamado Partido Demócrata. Esta manifestación de la acción es el único progreso ostensible de la moral y de la inteligencia social del proletariado, pero es a la vez la acusación perenne a la maldad e indolencia común.

Para atenuar el hambre de su miseria en las horas crueles de la enfermedad, el proletariado fundó sus asociaciones de socorro. Para atenuar el hambre de su miseria en las horas tristes de la lucha por la vida y para detener un poco de feroz explotación capitalista, el proletariado funda sus sociedades y federaciones de Resistencia, sus mancomunales. Para ahuyentar las nubes de la amargura creó sus sociedades de recreo. Para impulsar su progreso moral, su capacidad intelectual, su educación, funda publicaciones, imprime folletos, crea escuelas, realiza conferencias educativas.

Mas, toda esta acción es obra propia del proletariado, impulsado por el espíritu de conservación, y es un progreso adquirido a expensas de sacrificios y privaciones.

¡Para este progreso no es tiempo aún de festejarle su centenario!

Se ha dicho muchas veces que uno de los más apreciables bienes de la República ha sido el progreso liberal del país, el cual no habría podido desarrollarse en la monarquía. Yo creo que esto es una exageración y tal vez una mistificación.

La mentalidad, la inteligencia, ha hecho mayores progresos en el proletariado español, bajo el régimen monárquico, durante los últimos cien anos, que en el proletariado chileno bajo el régimen de la llamada libertad republicana. Esto no prueba que la monarquía o la república sean o no superior la una a la otra, pero prueba que la forma o clase de régimen social no influye especialmente en el progreso moral, social o intelectual, ni le detiene.

En Rusia, a pesar del régimen de tiranía se ha desarrollado mucho la mentalidad moral del pueblo y su acción para la defensa de su progreso ha sido mucho más vigorosa que en otros países de más libertades.

La existencia de toda la organización proletaria de España, y sus grandiosos frutos: Casas del Pueblo, cooperativas, prensa, cte., nos prueba que ese proletariado ha podido desenvolverse y progresar en el seno de la monarquía en tales condiciones que aún no lo sueña el proletariado chileno. Esto nos prueba que la República no ha producido aquí aquel bien que se supone el proletariado.

Digamos la verdad: el bien inmenso que ha producido la República fue la creación y desarrollo de la burocracia chilena y fue también la posesión de la administración de los intereses- nacionales. La burocracia que goza de esta situación, ella sí que tiene motivo de regocijo justificado si mira egoístamente su situación. ¡Nosotros no!

 

Fuente: https://www.marxists.org/espanol/recabarren/3-ix-1910.htm

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